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Cuentos de Adviento (I). El vigía y la primera estrella.

Había una vez un pueblo que vivía en una tierra de constante atardecer. Sus habitantes sabían, por antiguas promesas, que una gran luz llegaría para acabar con la penumbra, una luz tan brillante que transformaría todo. Sin embargo, los años pasaron y muchos se acostumbraron a la media luz; guardaron sus herramientas de trabajo y se sentaron a esperar pasivamente.

Entre ellos vivía Elías, el Vigía. Cada mañana, Elías limpiaba su ventana, no porque la luz ya estuviera allí, sino por si acaso llegaba ese día. Mantenía su lámpara llena de aceite, no para iluminar el camino, sino para encender la señal que daría a los demás cuando la viera. Él cultivaba un pequeño huerto y reparaba su casa, porque entendía que la esperanza no era un permiso para la pereza, sino una motivación para la preparación.

Una noche, cuando la penumbra era más densa, Elías miró por su ventana inmaculada. Y allí, justo por encima de las colinas oscuras, no apareció el Sol completo de la promesa, sino una Primera Estrella diminuta, un punto de luz que, aunque pequeño, era inconfundible. Era la señal de que el amanecer estaba, sin duda, en camino.

Rápidamente, Elías encendió la señal. No dijo: «¡Ya llegó el Sol!», sino: «¡La Esperanza se ha encendido! El amanecer está más cerca que nunca. ¡Preparen sus caminos y limpien sus ventanas!».

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El Mensaje de la Parábola:

Nosotros somos como ese pueblo. La Primera Vela de Adviento es nuestra Primera Estrella.

  • La Esperanza (Elías) nos llama a no acostumbrarnos a la penumbra de este mundo.
  • La Vigilancia (limpiar la ventana y llenar la lámpara) significa mantener nuestras vidas en orden, listos y trabajando, sabiendo que Aquel que ha de venir ya está cerca.

¡No te duermas! La Estrella de la Esperanza brilla. Prepárate para el Sol de Justicia, Jesús, que pronto nacerá en tu corazón.

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