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Bajo la Luz del Cabezo de la Cruz: Un Camino de Juventud y Gloria

La tarde en Abarán se vistió de una primavera adelantada, como si el cielo quisiera prestar su luz más limpia para acompañar el paso de los jóvenes. El sol, generoso y brillante, bañaba la fachada de San Juan Bautista, donde el aire no solo traía aroma a azahar, sino un silencio expectante que solo la fe sabe convocar.

Allí, donde el tiempo parece detenerse, comenzó a latir el III Vía Crucis Juvenil. No eran actores en busca de aplausos, sino almas sencillas, muchachos del pueblo que, con el corazón en la mano, prestaron su voz y su piel para que Jesús volviera a caminar por nuestras calles. El párroco, D. Felipe, lo recordó con la dulzura de quien sabe que lo importante no es la perfección del gesto, sino la verdad del sentimiento: este es un camino que nos lleva a la Cruz, un alto en la prisa del mundo para mirar, por fin, lo que de verdad importa.

Un Calvario de Verso y Tambor

El ascenso hacia el Cabezo de la Cruz fue un poema escrito con pasos. Cada estación era un suspiro de oración, anunciado por el lamento profundo de la bocina tradicional, ese sonido que en Abarán desgarra el alma y nos obliga a callar para que hable Dios.

  • El Peso de la Madera: Vimos a nuestros jóvenes caer bajo el madero, sintiendo el sudor y el cansancio, mientras el coro parroquial tejía un manto de música celestial y los tambores marcaban el pulso de una pasión que es siempre nueva.
  • Encuentros de Amor: El consuelo de las mujeres de Jerusalén y el abrazo desgarrador de la Madre nos recordaron que, incluso en el camino más amargo, nunca caminamos solos.Al llegar a lo más alto del Cabezo, bajo el cielo infinito de la tarde, el misterio se hizo presencia.

La Cima del Silencio

Ante una multitud que contenía el aliento, se escenificó la entrega final. Allí, entre la tierra y el cielo, la juventud de Abarán demostró que la fe no es una reliquia del pasado, sino una llama viva que arde con fuerza en el presente.

El regreso al templo, con el sol ya despidiéndose, nos devolvió a la paz de San Juan Bautista para el acto final del sepulcro. Fue el broche de oro a una jornada donde el arte, la tradición y la devoción se fundieron en un solo abrazo. Nos fuimos con el alma llena, sabiendo que, por unas horas, Abarán no solo vio una representación, sino que vivió un encuentro real con el Amor que se entrega por nosotros.

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