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Viernes Santo: Silencio, Penitentes, Vía Crucis y Santo Entierro

Si el Jueves Santo es el día del Amor Fraterno, el Viernes Santo en Abarán es un poema escrito con el pulso de la devoción más profunda. Es un ciclo de veinticuatro horas donde el tiempo se dilata entre el silencio de la noche y el luto de la tarde, recorriendo cada rincón de nuestra geografía urbana con una intensidad que trasciende lo humano

La Medianoche: El Silencio que Habla

Apenas el reloj de la torre marca el inicio del Viernes, el estrépito del mundo se apaga. La Procesión del Cristo del Silencio brota de la penumbra. No hay música, no hay estridencias; solo el golpe seco de las horquillas contra el suelo y el susurro de la noche. El Cristo cruza las calles como un suspiro de perdón, recordándonos que en el vacío más absoluto es donde la fe encuentra su mayor eco. Los ojos de Abarán se fijan en la figura serena del Crucificado, mientras el frío de la madrugada envuelve una oración colectiva que no necesita palabras.

La Madrugada: Memoria entre los antepasados

A las cuatro de la mañana, cuando el sueño lucha con la vigilia, la Procesión de los Penitentes inicia su caminar más místico. El cortejo se interna por el trazado de los viejos cementerios del pueblo, uniendo en un mismo abrazo a los que están y a los que se fueron. Es un acto de piedad inigualable: los penitentes, parecen buscar el consuelo de nuestros antepasados. Entre el aroma a tierra húmeda y la luz vacilante de los cirios, la muerte se contempla no como un final, sino como el tránsito hacia la luz que ya se adivina en el horizonte de la vega.

La Mañana: El Camino del Sacrificio

Con la primera luz del día, el tono cambia pero la intensidad se mantiene. El Vía Crucis recorre las calles de Abarán bajo el sol de la mañana. Es la procesión de la fatiga compartida, de los pasos que narran la caída y el ascenso espiritual. Los rostros de los fieles, ya marcados por el cansancio de una noche de vela, reflejan la entrega del Nazareno. El pueblo se convierte en una Jerusalén murciana, donde cada cuesta es un calvario y cada encuentro una oportunidad para la redención.

La Noche: El Descanso del Justo

Como broche de oro a esta jornada de sacrificio, la noche cae sobre la Procesión del Santo Entierro. Es la elegancia del luto, el respeto máximo ante el sepulcro. Abarán se viste de gala para despedir al cuerpo de Cristo.

«El silencio de la medianoche se transforma ahora en una solemnidad majestuosa. El cuerpo yacente recorre nuestras calles como un Rey que ha entregado su corona por la salvación de su pueblo.»

El desfile es una amalgama de terciopelo, oro y flores que custodian el cuerpo inerte de Jesús. El sentimiento de orfandad es palpable, pero bajo la tristeza del entierro late la certeza de lo que está por venir. Al recogerse las imágenes, el pueblo queda sumido en una espera contenida, guardando en el alma las imágenes de un Viernes Santo que, un año más, ha vuelto a elevar el espíritu de Abarán hacia lo eterno.

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