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La Catedrática de árabe de la Universidad de Murcia, la Dra. Dña. Pilar Garrido, ha sido elegida como nueva Patrono de la Fundación Los Álamos del Valle de Ricote.

REDACCIÓN Es catedrática de lengua árabe de la Universidad de Murcia y la persona que mejor conoce a los sabios andalusíes de Murcia y, en especial, del Valle de Ricote, además de la directora de la Sede Permanente de la Universidad de Murcia en Ricote.

Pilar Garrido, especialista en sabios de al Andalus (y de los murcianos en particular) sustituye en el puesto de Patrono de la fundación a la catedrática jubilada de la Universidad de Murcia Dña. Francisca Moya de Baño, que fue la primera mujer que obtuvo una cátedra en dicha universidad.

Así la ve el periodista Pascual Vera en su sección Murcianos de Dinamita, en el Diario La Opinión, titulado «Pilar Garrido o el arte de habitar fronteras»

Hay personas cuya biografía no se entiende como una línea recta, sino como un mapa. Un mapa lleno de trayectos, estancias, regresos y desvíos que, vistos con perspectiva, forman una coherencia profunda. Pilar Garrido pertenece a esa clase: la de quienes han hecho de la frontera —geográfica, cultural, intelectual— un lugar habitable.

Llegó a la Universidad de Murcia en 2007, pero su historia no empieza allí. Antes existieron Cáceres, Salamanca, Lisboa, Marruecos, Egipto, Jordania, Siria, Yemen. Antes hubo una niña rubia caminando sola por las calles de Larache, aprendiendo árabe en un colegio donde ningún otro alumno español se quedaba en clase. Y hubo un momento en el que existió una decisión temprana y radical: elegir el conocimiento aunque no fuera el camino más cómodo, elegir la curiosidad aunque implicara ir sin red, sin mentorías, sin los carriles bien marcados del mundo académico.

Esa forma de estar en el mundo explica también su vínculo con Ibn ʿArabī, el gran místico andalusí nacido en Murcia y convertido, siglos después, en una de las figuras más influyentes del pensamiento islámico universal. No es casual que Garrido haya hecho de él no solo un objeto de estudio, sino una brújula intelectual.

Ibn ʿArabī escribió: «Mi corazón se ha vuelto capaz de todas las formas: es pradera para las gacelas y monasterio para los monjes». Esta frase, tantas veces citada y tantas veces mal entendida, no habla de relativismo superficial ni de una tolerancia ingenua. Habla de algo mucho más exigente: la capacidad de sostener la complejidad sin reducirla, de habitar la diferencia sin convertirla en amenaza.

Ese principio atraviesa la trayectoria de Pilar Garrido. Su manera de entender el islam no como algo ajeno o importado, sino como parte constitutiva de la historia peninsular. Su insistencia en recordar que al-Ándalus no fue un paréntesis exótico, sino uno de los grandes laboratorios de pensamiento, ciencia y espiritualidad de Europa. Su rechazo frontal a la idea del ‘choque de civilizaciones’, que considera un relato empobrecedor y utilitarista frente a lo que ella defiende como civilizaciones de continuidad.

Desde su trabajo académico —congresos internacionales, traducciones, investigación— hasta su mirada pedagógica, Garrido insiste en una idea incómoda pero necesaria: el desconocimiento no es inocente. La ignorancia alimenta el miedo, el miedo se convierte en sospecha y la sospecha acaba cristalizando en odio. Frente a eso, propone algo tan sencillo y difícil como leer más, pensar mejor y convivir de verdad.

Su biografía personal refuerza ese discurso sin necesidad de proclamas. Una infancia vivida entre culturas, una adolescencia marcada por la discusión intelectual, una vida adulta atravesada por la maternidad, la docencia y el viaje constante. Todo ello configura una voz que no habla desde la abstracción, sino desde la experiencia.

Quizá por eso Ibn ʿArabī sigue apareciendo una y otra vez en su vida, como si el murciano más universal dialogara con ella a través de los siglos. Ambos comparten una convicción profunda: que el saber no sirve para levantar muros, sino para ensanchar el mundo.

En tiempos de simplificaciones, de discursos identitarios cerrados y de miedos amplificados, figuras como Pilar Garrido recuerdan que pensar es, también, un acto de valentía. Y que habitar las fronteras no es perderse, sino aprender a mirar con más de un solo par de ojos.

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