El Teatro Cervantes se rinde ante la honestidad y el empaque escénico del montaje en la 23ª Muestra Nacional de Zarzuela, demostrando una vez más por qué el género chico es una de las mayores señas de identidad y orgullo del pueblo abaranero.
Redacción/Abarán. — La zarzuela no es simplemente un género musical en Abarán; forma parte indivisible de su alma, de sus raíces folclóricas y de su identidad cultural. Anoche, las tablas del Teatro Cervantes volvieron a ser testigo de esa devoción popular en el marco de la 23ª Muestra Nacional de Zarzuela «Villa de Abarán», acogiendo una velada de esas que quedan grabadas en la memoria colectiva del municipio: el reencuentro con «Blanca, la Morena del Segura».
Siete décadas han tenido que pasar —74 años exactamente desde que dos jovenísimos autores estragaran su talento en esta composición— para que esta obra de marcada tradición localista volviera a cobrar vida. Tras un arduo trabajo de recuperación de materiales y ensayos liderado por Conchi Molina al frente, el espectáculo se presentó sin artificios ni falsas pretensiones: una propuesta honesta, cercana y cargada del colorido y sabor que brinda nuestra Vega Alta.
Desde el primer instante, el escenario del Cervantes transportó al espectador a ese lienzo de historia legendaria sobre la villa vecina de Blanca y sus luchas entre moros y cristianos. La escenografía contó con un fondo pintado de excepción, firmado por el ilustre pincel de Pedro Cano, que sirvió de marco incomparable para un despliegue folclórico repleto de trajes regionales, la calidez de la rondalla y estampas deslumbrantes. Especialmente aclamadas fueron la exhibición de bailes regionales, entre los que no faltó la jota típica de Blanca, la cuidada caracterización de los coros árabes y la sensualidad de la bailarina mora que contagió la atmósfera de exotismo morisco.
Pese a ser una obra desconocida para el gran público abaranero, la facilidad de escucha de su partitura, la incuestionable calidad de la orquesta y la belleza de sus melodías conquistaron a la audiencia desde los primeros compases. Las romanzas, el dúo y los pasajes corales fueron recibidos con efusivas salvas de aplausos tras cada número. El punto álgido de comunión entre escenario y patio de butacas llegó en el concertante final: poseído por la alegría del reencuentro escénico y a ritmo de pasodoble, el público, de forma espontánea e inesperada, acompañó a la orquesta dando palmas al compás, sintiéndose parte viva de la propia función.
En el apartado solista, la función rayó a una altura sobresaliente. Francis Tornero demostró una solvencia vocal y un empaque teatral admirables, asumiendo un peso escénico camaleónico al encarnar con maestría la evolución de su personaje desde la vejez hasta la juventud. A su lado, la excelente voz de Consuelo Garres completó una pareja protagonista (Blanca y Sancho) de impecable química y brillo. Mención especial merece también la actuación de Fátima Bau Rose en el papel de la princesa mora Sara, aportando gran delicadeza y talento, así como la sobresaliente intervención de Emilio «el Corcho» como solista de una rondalla que hizo vibrar las cuerdas con auténtico pellizco regional.
Uno de los pilares fundamentales del éxito de la noche fue, sin duda, la masa coral. Tras un intenso y metódico trabajo de preparación a cargo de su directora, Cristina Pons, lo que en sus inicios fue un reducido grupo de apenas una docena de mujeres y un par de hombres se transformó anoche en una potente formación de más de 20 voces que encandiló al respetable, destacando especialmente en las secciones del coro de moras.
El broche de la jornada fue sencillamente apoteósico. Abarán volvió a responder como solo sabe hacerlo cuando la lírica y el folclore llaman a su puerta. Con una cerrada y atronadora ovación final, el Teatro Cervantes premió no solo la calidad musical de «Blanca, la Morena del Segura», sino la entrega, el cariño y la valentía de un grupo de artistas y gestores culturales que han logrado rescatar del olvido una joya de nuestro patrimonio musical lírico. La zarzuela en Abarán no solo se escucha: se vive y se celebra.
Fotografías de Frutos Molina






