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Artículo de Pedro Morente: «mañana puede venir a por su coche»

MAÑANA PUEDE VENIR A POR SU COCHE

El último jueves de abril de 1973, cuando era subjefe de servicio en el Banco Exterior de España, en Almería, me ofrecieron una plaza de apoderado en Abarán, si aceptaba el traslado. Lo consulté con Rosa María, que me dijo que sí, y al día siguiente mi director me entregó el nombramiento.

Después de haber aprobado cuatro concursos-oposición desde 1965, hasta alcanzar la categoría de oficial primero, los posibles ascensos serían ya por libre designación de la empresa. En aquellos tiempos, para «hacer carrera» había que decir que sí. Y yo lo hice.

El 30 de abril, segundo aniversario de nuestra boda, no hubo celebración especial, sino un monográfico sobre traslados. En eso éramos expertos. Hay que tener en cuenta que, siendo nuestros padres militares, tanto Rosa María como yo habíamos crecido recorriendo España, peninsular e insular. A título personal, yo también sumé otros dos traslados. Muy a nuestro pesar, estábamos familiarizados con los desplazamientos, las mudanzas, los nuevos destinos y, lo más terrible, dejar atrás a los amigos y los colegios.

Pero este traslado era diferente. Rosa María y yo llevábamos siete años ‒ella, ocho‒ viviendo en Almería, donde nos habíamos conocido, nos habíamos casado y habíamos tenido un hijo. Sus padres y los míos vivían allí; teníamos casa propia, sin hipoteca, y muchos amigos, especialmente entre mis compañeros de trabajo. Y todo aquello teníamos que dejarlo atrás. Como ya he comentado en otras ocasiones, me dijeron que era un traslado para regresar antes de un año, pero acabamos quedándonos catorce.

El 2 de mayo, a las cuatro de la madrugada, salí de Almería en un taxi que me llevó a Murcia, sede de la Dirección Regional del Sudeste del banco, que abarcaba Murcia, Alicante y Almería. Debía estar allí a las ocho en punto. Me esperaba una entrevista con el director regional, a quien no conocía. Recibí algunos consejos para mi toma de posesión y escuché esta frase:

‒Es usted el apoderado más joven. El banco apuesta mucho por usted.

Una mentirilla. Años después conocí a quien había sido subjefe de servicio y apoderado antes que yo, y que, además, tenía un año menos.

Antes de las nueve llegamos al Mesón del Moro, donde me alojaría durante un mes. Dejé allí el equipaje y el taxi me llevó hasta la puerta de la oficina, que sigue estando donde estaba entonces. Me despedí del taxista y me presenté al director, don Enrique José Ruiz Meyer.

Como no tenía coche, cuatro compañeros del banco que venían a diario desde Murcia se convirtieron en mi medio de transporte entre el mesón y la oficina, y viceversa. Los sábados por la tarde me dejaban en la parada del autobús de Murcia a Almería. Los domingos por la noche, uno de ellos, que me recogía en Murcia, me llevaba de vuelta al mesón antes de regresar a su casa. Eran mucho más que compañeros.

Como había venido a trabajar, me puse manos a la obra desde el primer día. En Abarán no tenía problemas para desplazarme, pero había clientes en las afueras, en las pedanías y en las localidades de Cieza y Blanca. Al no disponer de coche, dependía de terceros.

Durante un almuerzo con toda la plantilla, si no recuerdo mal en la antigua Venta del Olivo, mi director me sugirió que me comprase un coche. En mi casa nunca habíamos tenido uno; solo recordaba el de mi abuelo paterno, en Antequera. Ni siquiera habíamos tenido una moto. La verdad es que los vehículos no me llamaban la atención. Pero acepté el consejo.

Cuando fui a Almería el siguiente fin de semana, se lo comenté a Rosa María, que lo vio con buenos ojos. Así podríamos ir a visitar a sus padres, a los míos ‒un mes después, mi padre ascendió y lo trasladaron a Cáceres‒ a la familia de Antequera y a la de Alcalá de Henares.

Regresé a Abarán con la decisión tomada. Se lo comuniqué a mi director, quien hizo una llamada al concesionario Renault, cliente del banco. Esa misma tarde fuimos a Cieza. José Gómez y su hijo Agustín me enseñaron dos coches: un R8 TS azul y un R5 blanco. Me gustó más el primero y quedé en ingresarle el importe en su cuenta del banco al día siguiente. Él se encargaría de matricularlo y tendría algunos detalles de cortesía: alfombrillas, bombillas de repuesto y alguna cosa más.

Todo quedó resuelto en un momento. Entonces, el vendedor me dijo:

‒Mañana puede venir a por su coche.

Fue justo entonces cuando les confesé que no tenía permiso de conducir. Creyeron que estaba bromeando, pero no era ninguna broma.

Le dije al concesionario que retirase el coche de la exposición, le echase una lona por encima y lo dejase allí hasta que yo tuviera el permiso de conducir. Cuando lo consiguiera, iría a recogerlo.

Simplemente había obedecido a mi director, que me había dicho que el coche era necesario para desempeñar mis funciones. Así comenzó la segunda fase de la aventura: la autoescuela.

Con una jornada laboral muy intensa, en plena campaña de exportación de fruta de hueso, me las veía y deseaba para encontrar tiempo para las clases de conducción. No pude dedicarme a ellas de lleno hasta finales de julio.

Algunos días practicaba por mi cuenta la pista con el Seat 600E de Cecilio Soler, en el patio de Manufacturas Metálicas Bienvenido Yelo, y también por el camino hasta la fábrica de envases de Los Pacos. Ambos primos y Enrique se encargaban de mis desplazamientos.

En agosto ya estaba en condiciones de examinarme, pero no podía ir a Murcia. Mi director estaba en la playa, la oficina no podía quedarse «sin firma» y desde la Dirección Regional no podían cubrir mi ausencia. El calendario empezaba a apretarme: a finales de septiembre comenzaban mis vacaciones y yo quería hacer el viaje en mi propio coche. Así que no me quedó más remedio que esperar a la primera convocatoria de exámenes de septiembre.

Días antes del examen, el profesor de la autoescuela nos llevó a Cieza a practicar con semáforos. Por fin llegó el gran día: examen teórico, pruebas de pista y circulación. Todo me salió de dulce. Tanto, que el profesor me aseguró que me llevaría el permiso de conducir a la primera.

Pero se equivocó. Incomprensiblemente, me suspendieron en la prueba de circulación.

Volví a Murcia pocos días después. Esta vez hice un recorrido por las calles donde se celebraba el examen. Al parecer, San Cristóbal no estuvo de mi parte. Eso pensé. Pero me equivoqué: ante el asombro de mi profesor, me aprobaron.

Durante las dos semanas siguientes hice prácticas por carretera entre Cieza, Calasparra y Jumilla. Me acompañaron los primos de Rosa María, expertos conductores que estaban pasando unos días en casa. Fueron las últimas lecciones que recibí antes de lanzarme a la carretera.

A finales de septiembre, Rosa María, Pedro David y yo emprendimos nuestro primer gran viaje en coche: Abarán, Alcalá de Henares, Cáceres, Antequera, Almería y, finalmente, de vuelta a Abarán.

Desde Cáceres nos acompañaban dos canarios campeones que nos habían regalado y que compitieron con nuestras queridas «zarzueleras», Juanita Templado y Mari Carmen Fernández, en el patio interior de nuestra casa de la calle Doctor Molina.

Así lo recuerdo y así lo he contado.

Pedro Morente Sánchez

Antequerano-abaranero

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