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Crónica del Jueves Santo: El Misterio de la Institución en el Corazón de Abarán

Al caer la tarde en este Jueves Santo, Abarán se ha detenido. El aire, cargado del aroma a cera virgen y el eco lejano de un pueblo que se sabe depositario de una tradición centenaria, ha servido de escenario para uno de los momentos más íntimos y sublimes de nuestra Semana Pasión: la Procesión de la Santa Cena.

Desde el umbral de la Parroquia de San Juan Bautista, el paso que recrea el Cenáculo ha asomado con una solemnidad que encoge el alma. Ver al Maestro rodeado de sus apóstoles, bajo la luz mortecina del crepúsculo abaranero, no es asistir a una representación; es ser testigos, una vez más, del mayor gesto de amor entregado. Las túnicas se agitan levemente con la brisa que baja de la sierra, mientras los rostros de los nazarenos reflejan la gravedad de quien custodia un tesoro sagrado.

La Cadencia del Dolor y la Esperanza

El silencio absoluto que envolvía el pequeño Atrio de la Iglesia solo se ha visto roto por el desgarrador sonido de la Banda de cornetas y tambores de La Samaritana. Sus sones, metálicos y profundos, han marcado el pulso de la noche. Cada golpe de timbal resonaba en las estrechas calles del casco antiguo como un latido compartido, una oración hecha música que elevaba el misterio de la Eucaristía sobre el empedrado.

«No es solo madera lo que camina sobre los hombros de sus anderos; es la memoria viva de una mesa donde nadie es extraño y donde el pan se convierte en vida eterna.»

A medida que el cortejo avanzaba, la procesión ha ido hilvanando el sentimiento de un pueblo devoto. Las sombras proyectadas en las fachadas blancas de Abarán parecían susurrar versos de fe, mientras los vecinos, con los ojos empañados, veían pasar la mesa del sacrificio y la fraternidad.

Hacia la Ermita: Un Camino de Luz

El ascenso hacia la Ermita ha sido el punto culminante de esta crónica emocional. Bajo el palio de estrellas que cubre nuestra vega, el paso de la Santa Cena ha buscado el recogimiento. Allí, en la paz que solo otorgan los lugares sagrados de nuestra infancia, la imagen ha encontrado su refugio nocturno.

La banda de La Samaritana ha interpretado sus últimas marchas con una intensidad que parecía querer detener el tiempo. El Jueves Santo en Abarán ha quedado sellado con una promesa: la de aquel que se entrega por nosotros. El eco de las cornetas ha callado, pero el sentimiento de renovación y esperanza perdurará en el corazón de los fieles hasta que el sol del Viernes Santo anuncie el sacrificio final.

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