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Cuentos de Adviento (IV). El Hijo del Rey.

Había una vez un rey que deseaba hacer el regalo más grande posible a su pueblo: enviarle a su propio Hijo. El pueblo estaba emocionado, pero no sabía dónde o cómo recibirlo. Algunos prepararon grandes palacios de mármol, otros compraron costosas telas para envolverlo, y otros dedicaron todo su tiempo a debatir las reglas de etiqueta.

Mientras tanto, en una humilde casa, una joven, cuyo nombre significaba «Amada de Dios», estaba en silencio. Ella no tenía un palacio para ofrecer, ni riquezas. Solo tenía un corazón puro y un sí incondicional.

Ella entendió que el mayor regalo no se da con oro, sino con la entrega total de uno mismo. Lo único que hizo fue limpiar el espacio que tenía (su vientre y su alma), dejar todas sus reservas a un lado y abrir completamente la puerta de su vida. Ella se convirtió, ella misma, en el lugar y la forma en que el regalo se haría visible al mundo.

Cuando el Hijo del Rey llegó, no eligió los palacios preparados ni las costosas cunas. Eligió el lugar de la máxima disponibilidad y el máximo amor ofrecido: el vientre de la joven.

El regalo del Cielo se hizo visible porque una mujer, por Amor, se convirtió en la morada y el camino.

Mensaje del Domingo:

Hoy encendemos la cuarta vela, la vela del Amor. El Adviento culmina en la entrega de Dios a la humanidad. Nuestro modelo es María, cuyo «sí» nos enseña que el mayor acto de amor es la disponibilidad total al plan de Dios. ¿Qué parte de tu vida has reservado para ti? Este último domingo, entrégale a Jesús el único regalo que Él realmente busca: tu corazón abierto y dispuesto.

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