EL HONOR ES MI DIVISA
El día 12 de octubre hay mucho que celebrar: la Fiesta Nacional de España, el Día de la Hispanidad y el Día de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil, cuerpo de seguridad pública de naturaleza militar y ámbito nacional, que forma parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La integridad, la dignidad y el comportamiento irreprochable son su guía principal y sello de identidad. La Benemérita. Su lema: «El honor es mi divisa».
Tengo muchos y buenos recuerdos de nuestros beneméritos vecinos desde que llegué aquí en la década de los setenta del siglo pasado. Voy a relatar dos anécdotas, dos recuerdos narrados sin pretensiones literarias, pero que forman parte de mis vivencias con ellos.
Empezaré diciendo, porque quizá haya quien no lo sepa, que soy hijo de militar. Hasta los doce años viví en Barbastro (Huesca). Fui educado por mis padres en las virtudes castrenses y por los Padres Escolapios y los Misioneros Claretianos en mis creencias religiosas. Aprendí mucho y positivo, de lo cual me enorgullezco.
En aquellos años, el edificio en el que vivía era contiguo a la Casa Cuartel de la Guardia Civil, un amplio recinto que albergaba caballerizas y un gran patio que se utilizaba como picadero. Muchas veces coincidía, a la salida hacia el colegio, con una pareja de guardias a caballo; en otras ocasiones los veía practicar en el propio patio. La Guardia Civil era un colectivo muy cercano.
Cuando llegué a nuestro pueblo, viví siete años en la calle Doctor Molina, teniendo como vecinos a mis muy queridos Andrés Villalobos y Mariano de la Fuente, que en una etapa anterior habían sido guardias civiles. Fueron ellos quienes me llevaron por primera vez a la misa de la Patrona, en la que desde entonces es mi parroquia. Con la Virgen del Pilar y la bandera de España a la derecha del altar. Una preciosa imagen adornada por las esposas de los guardias y por las primorosas manos de Pilar e Isabel, Las Patetas. La iglesia, llena. El pueblo con sus protectores.
Después de la misa, todos al Cabezo del Cuartel. De celebración. Un entrañable momento de convivencia, con viandas a mesa llena, predominando los panecillos suministrados por los hornos del pueblo, entre los que destacaba alguna que otra barra gigante, obra de mi querido Frasquito (Sorio).
Derrochando alegría, empezaban los brindis, los aplausos, las intervenciones de las autoridades y del resto de asistentes, destacando sobre todas una que, desde la primera vez que la escuché, me impresionó y que cada año esperaba que se repitiese: el Capitán Valencia.
Sabía que era maestro, de La Hoya del Campo, pero nunca me aprendí su nombre, ni falta que hacía. Amor, pasión por nuestra Guardia Civil. Cuando tomaba la palabra, era tal el ardor que ponía en sus palabras que, al finalizar, las palmas echaban humo.
La primera vez que mi padre vino a conocer el pueblo —entonces era teniente coronel destinado en Cáceres—, le dije que había en Abarán dos oficiales que no habían pasado por la Academia: el Capitán Valencia y Joaquín, el Teniente. El segundo era un referente para la juventud y el deporte local. Años después mi hijo y sus amigos le adoraban. A mí me sigue distinguiendo con su amistad.
La segunda anécdota está relacionada con mi profesión, que ejercí aquí hasta que fui destinado a Torre Pacheco, catorce años después de mi llegada.
Vine desde Almería, donde en el servicio de caja había tres personas cuyos arqueos —recuento del dinero— hacía diariamente al final de la jornada. Allí había cámara acorazada. En Abarán, una persona y una caja fuerte. El movimiento de dinero durante los fines de semana, especialmente durante las campañas de exportación de fruta de verano y de uva de otoño-invierno, era algo que no había conocido antes, ni siquiera en Palma de Mallorca, donde ingresé en 1965. Jornales, como suele decirse, «a punta pala», que se pagaban en efectivo.
Era costumbre local pagar los sábados: campo, almacenes, fábricas de envases, albañiles… Cada viernes, los clientes dejaban en el banco la nota del dinero que iban a retirar el sábado y el cambio: billetes y monedas. El sábado recogían el dinero y, en sus oficinas, preparaban los sobres para los destinatarios. En el banco y en las oficinas, todo se hacía a mano.
Ese era el sistema, pero la dificultad estaba en el dinero, en la cantidad de efectivo de la que había que disponer para atender tantos pagos, con un límite asegurado de diez millones de pesetas en la sucursal, cuando casi siempre se necesitaba el doble y, en algunas ocasiones, mucho más.
Ahí es donde tuvo especial protagonismo nuestra Guardia Civil, hasta que llegaron los vigilantes jurados y los transportes blindados.
Cada sábado, a primera hora —para estar en Murcia a las ocho—, el comandante de puesto y un efectivo me esperaban en La Era, subían a mi coche y nos íbamos al Banco Exterior de España, en plena Gran Vía —hoy Decathlon—, donde recogíamos las bolsas del dinero y regresábamos a Abarán. En ocasiones, la Policía Local de Murcia nos invitaba a estacionar sobre la acera.
Con un «abaranero» —andaluz de origen, como yo—, de cuya amistad presumo, Miguel Torres, que vivió aquellos días en primera persona, recuerdo de vez en cuando los servicios que nuestra benemérita institución prestaba diligentemente al banco a coste cero.
Llegábamos desde Murcia cargados de dinero que no dormía en el banco, sino en los hogares de nuestros vecinos.
Cuento ahora lo que pasó una vez, aunque no recuerdo el año.
La previsión de pagos para un fin de semana de diciembre, a la vista de las peticiones recibidas, en plena campaña de uva de otoño-invierno, fue tan grande que íbamos a necesitar mucho dinero. El seguro solo cubría el transporte de diez millones de pesetas, así que tuvimos que hacer dos viajes en una mañana y alargar el horario de caja.
Eran otros tiempos para la banca, cuando aquellas decisiones eran competencia de los responsables de las oficinas, de personas que conocíamos a las personas, a nuestros vecinos; sin consultas por Internet, sin citas previas, sin…, sin…
Si sigo, me invade la melancolía. Perdón.
En el Día de La Virgen del Pilar la Guardia Civil en mi recuerdo.
Pedro Morente Sánchez
Antequerano-abaranero


