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El llanto bendito de una nueva Madre: Nuestra Señora de las Lágrimas

Hay silencios que hablan y maderas que cobran vida bajo el cincel de la fe. La Hermandad del Descendimiento y Oración del Huerto presentó al mundo a su nueva joya devocional: Nuestra Señora de las Lágrimas. Una advocación que no solo es nombre, sino promesa de consuelo para las mañanas de Viernes Santo, cuando el Vía Crucis recorra las arterias de Abarán y Ella, desde el trono de Jesús en el Monte Calvario, recoja el sentir de sus hijos.

La imagen, una bellísima talla de vestir en madera policromada, brota del alma del escultor murciano Domingo Blázquez Carrasco. Discípulo de la esencia de González Moreno y Sánchez Lozano, Blázquez ha vuelto a demostrar que el arte sacro es, ante todo, una caricia al espíritu. Su gubia ha sabido plasmar esa sensibilidad que ya conocemos en su Soledad, dotando a la Virgen de una mirada que traspasa el tiempo.

Este regalo del cielo llegó de manos de la generosidad terrenal: Juan Antonio Gomariz Salar y Ernesto Garre Gómez —este último, guardián histórico del estandarte— cedieron la imagen a la hermandad. Un gesto que el presidente Moisés Tornero calificó como un hito emocional, subrayando que el patrimonio de una cofradía no se mide en oro, sino en la devoción que es capaz de despertar en quienes la miran.

Antonio Molina: El aroma del olivo y la constancia del alma

Pero la tarde no solo fue de estrenos celestiales; también fue de justicia humana. Tras el agua bendita derramada por el párroco D. Felipe Tomás, el templo se llenó de un aplauso cálido para Antonio Molina Gómez.

Desde hace más de tres décadas —aquél lejano 1992 que parece ayer—, Antonio ha sido el encargado de que el paso de la Oración en el Huerto exhale el aroma más auténtico de nuestra tierra. Sus manos han entregado, año tras año, las ramas de olivo que cobijan la agonía del Señor en Getsemaní.

«La constancia es la virtud por la cual todas las demás virtudes dan su fruto.»

Con la sencillez de los grandes, Antonio recibió la placa y el pin corporativo de la hermandad. En sus palabras se respiró la humildad de quien no busca el foco, sino el servicio. A su lado, el concejal Jaime Tornero y el presidente de la Junta de Hermandades, Francisco J. Tornero, pusieron voz al sentir común: la Semana Santa de Abarán es inmensa gracias a estos trabajadores silenciosos que, desde el anonimato, hacen que el milagro de la tradición se repita cada primavera.

Un camino hacia la luz

El cierre del acto, a cargo de D. Felipe Tomás, fue una invitación a no quedarnos en la belleza de la madera, sino a profundizar en la espiritualidad de la Cuaresma. Acompañar a María en sus lágrimas es, en última instancia, prepararnos para el gozo de la Resurrección.

Abarán ya tiene una nueva Madre a la que rezar y un ejemplo de entrega en el que mirarse. La Semana Santa no ha hecho más que empezar a latir con más fuerza que nunca.

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