La noche del Martes Santo en Abarán no es una noche cualquiera; es el eco de una traición necesaria y el inicio de una soledad que desgarra el alma. En el aire se respira el azahar mezclado con el incienso, mientras el pueblo se prepara para ser testigo del Paso del Prendimiento.
El Beso que Estremece la Noche
Bajo la luna de marzo, el trono del Beso de Judas avanza por nuestras calles. Es una escena de una plasticidad conmovedora y terrible a la vez: el momento en que la lealtad se quiebra con un gesto de amor fingido. Los anderos, en un esfuerzo que es oración en movimiento, portan el peso de esta entrega, recordándonos que en el huerto de nuestra propia vida, todos buscamos el perdón.
El Cautivo de la Mirada Serena
Acompañando este misterio, desfila el Cristo de Medinaceli. Con las manos atadas y la túnica de púrpura, su figura es el faro de los que sufren en silencio. Su mirada, perdida y a la vez presente, recorre las esquinas de Abarán, recogiendo las peticiones y promesas de un pueblo que ve en su cautiverio la más absoluta de las libertades.
La Esperanza y el Luto de las Siervas
El contrapunto de luz y sombra llega con la Virgen de la Esperanza. Ella camina entre nosotros como el último refugio antes de la oscuridad total. Al llegar a la Ermita, el ambiente se vuelve sobrecogedor. Acompañada por las Siervas de María, vestidas de un riguroso y solemne luto, guardianas de la fe y del dolor de una madre.
En ese instante, el tiempo se detiene y la voz del pueblo se hace una sola en el canto del Dolor:
«Triste y llorosa madre, al pie de la cruz estaba, donde pendiente se hallaba, el hijo de su dolor.»
Es un lamento que brota del pecho y se eleva hacia las estrellas, fundiendo la pena de la Virgen con la identidad de un Abarán que, en esta noche de Martes Santo, vela el destino de su Redentor.

