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Procesión del Prendimiento (Martes Santo) El Beso que desató la Pasión de Cristo.

Cuando las sombras del Martes Santo comienzan a alargarse sobre las huellas centenarias de nuestro pueblo, un silencio expectante se adueña de las esquinas. Es la noche del Prendimiento, una jornada donde la traición y la esperanza se entrelazan en un desfile que es, ante todo, un testamento de gratitud y fervor popular.

Abarán no solo presencia una procesión; vive un sacrificio compartido que sube por sus arterias en busca de consuelo.

El Beso que Desata la Pasión

La crónica de esta noche se inicia con el amargo recordatorio de la fragilidad humana: El Beso de Judas. En la penumbra, el grupo escultórico nos traslada a la soledad del Huerto, marcando el inicio del camino de sacrificio. Es el momento en que el Maestro es entregado, y con ese gesto, se abre la puerta a la redención de todo un pueblo que observa, con el corazón encogido, cómo la traición se hace madera y misterio.

El Cautivo y su Estela de «Promesas»

Pero si hay un momento que define la esencia emocional del Martes Santo abaranero, es el paso del Cristo de Medinaceli. El Cautivo avanza con una majestad serena, escoltado por la marcialidad y el brillo del Tercio Romano, cuyas armaduras resplandecen bajo los faroles, custodiando la soledad del Señor maniatado.

Sin embargo, la verdadera fuerza de este paso reside en lo que viene detrás. Una multitud de mujeres, nuestras «Promesas», forman una marea de fe viva que estremece al espectador. Son mujeres que caminan, muchas de ellas, con los pies descalzos sobre el frío asfalto de las calles de Abarán.

Cada paso sin calzado es un «gracias» por un favor recibido o una súplica silenciosa por una intercesión urgente. Es el sacrificio de la madre, de la hija, de la abuela, que convierte el desfile en una oración colectiva que se siente en el pecho con cada golpe de tambor.

Esperanza Verde entre las Siervas de María

Cerrando el cortejo, la oscuridad de la noche se ve aliviada por el resplandor de la Virgen de la Esperanza. Bajo la atenta mirada y el cuidado de las Siervas de María, la Señora avanza luciendo su emblemático manto verde, ese color que en Abarán es sinónimo de consuelo y de vida nueva.

Su rostro, de una belleza mística y calmada, parece recoger todas las peticiones de las promesas que la anteceden. Es el broche de oro a una noche de contrastes: frente al cautiverio de Cristo, la libertad que otorga la Esperanza; frente al dolor del camino descalzo, el cobijo de su manto protector.

El Martes Santo en Abarán no termina cuando las imágenes regresan al Salón de Tronos. Perdura en el eco de las sandalias romanas y, sobre todo, en la huella invisible pero profunda de tantas mujeres que, una vez más, han entregado su cansancio al cielo a cambio de un milagro o una bendición. El Prendimiento ha pasado, pero la fe se queda, renovada y más firme que nunca.

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