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Viernes Santo en Abarán: El Duelo de un Pueblo y el Silencio del Sepulcro

Si el Jueves Santo era entrega y misterio, el Viernes Santo amanece en Abarán con el peso del sacrificio. Es el día en que el tiempo se detiene y el paisaje se tiñe de una sobriedad que solo se entiende recorriendo nuestras cuestas y escuchando el lamento de nuestra tierra.

La Madrugada de los Penitentes: Huellas en la Historia

Cuando aún no ha despuntado el alba, a las cuatro de la mañana, el silencio se vuelve oración caminante. La Procesión de los Penitentes se pone en marcha, recuperando la memoria de quienes nos precedieron. El recorrido es un viaje al origen de nuestra fe y de nuestra geografía:

-Los Viejos Cementerios y La Solana: Donde el recuerdo de los ausentes se funde con el frío de la noche.

-La Era y la Ermita: Testigos mudos de un pueblo que camina unido bajo el peso de sus cruces, buscando en la penumbra la luz de la misericordia.

Es una procesión de raíz, donde el esfuerzo del camino simboliza el peso de la propia vida ofrecida al Redentor.

Vía Crucis y Liturgia: La Muerte del Justo

Con la luz del día, La Procesión del Vía Crucis recorre las calles. Cada estación es un alto en el dolor de un hijo de Abarán que reconoce en la imagen de Cristo sus propias flaquezas. Es la mañana del sacrificio, que culmina por la tarde en nuestras parroquias con el Acto Litúrgico de la Pasión y Muerte del Señor. La sobriedad del altar despojado y la adoración de la Cruz nos preparan para el momento más solemne de nuestra Semana Grande.

El Santo Entierro: La Noche del Último Beso

Al caer la noche, Abarán se viste de gala fúnebre para la Procesión del Santo Entierro. Es un desfile de respeto infinito y solemnidad sobrecogedora.

El Cristo Yacente, en su lecho de muerte, avanza custodiado por el pesar de todo un pueblo. Tras Él, cerrando el cortejo, la Virgen de la Soledad. Su rostro, reflejo de un dolor que no encuentra consuelo, atraviesa el alma de quienes la ven pasar.

El «Nuevo Dolor»: El Canto de un Pueblo Herido

El momento culminante, donde la emoción se desborda y se hace música, ocurre a la llegada. El silencio se rompe con la delicadeza del Coro David Templado, que eleva al cielo de Abarán las notas del «Nuevo Dolor». Es una ofrenda lírica a la Virgen de la Soledad que estremece los corazones:

«En el sepulcro escondida tanta grandeza y bondad, la madre queda sin hijo, en amarga soledad.»

En ese instante, el texto se hace suspiro y la música abrazo. Abarán llora con su Madre, reconociendo en ese sepulcro la semilla de la esperanza que aún duerme, mientras la Soledad de María se convierte en la oración de todos nosotros.

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