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CRÓNICA HISTÓRICA: Un día de gracia y esplendor para la eternidad de Abarán

ABARÁN — El calendario local ha quedado marcado con letras de oro y fervor imperecedero. La fisonomía espiritual de Abarán experimentó una transfiguración celestial cuando la parroquia de San Pablo, tras dieciocho meses de silente espera y rigurosas labores de consolidación, volvió a consagrarse como el epicentro de la devoción popular. Un gentío desbordante, movido por una fe inquebrantable, custodió el sagrado recinto horas antes de que se iniciara una liturgia que ya es patrimonio de la memoria colectiva regional. El excelentísimo obispo de la Diócesis de Cartagena, Monseñor Don José Manuel Lorca Planes, presidió este renacimiento espiritual ante un templo cuya capacidad se vio benditamente desbordada.

La conmoción mística se hizo patente desde los primeros ritos. Al tomar la palabra, el prelado tejió un lazo de comunión con los pastores de la villa. Dirigiéndose con afecto al actual guía espiritual de la comunidad, Don Miguel Ángel Saorín, elevó plegarias para que esta reapertura simbolice un horizonte fecundo, proclamando: «Son muchísimos proyectos, ilusiones y esperanzas que un sacerdote tiene que saber sembrar con su pueblo, el pueblo que le ha sido encomendado». En sus palabras también hubo un abrazo de fraternidad hacia Don Felipe Tomás, titular de la otra comunidad local, remarcando que ambas feligresías «sois una familia, un pueblo que tenéis vocación de unidad y de trabajo en común». La memoria de los antiguos servidores del altar trajo un eco de santidad, encarnado en la figura del recordado Don Juan Sáez, «que ha sido el que ha inspirado siempre nuestro estilo de ser sacerdotes», alabado por el obispo debido a «la humildad, la sencillez, el silencio a la hora de hacer las cosas y la grandeza de espíritu».

El agradecimiento eclesiástico se extendió de igual forma hacia las autoridades civiles presenciales, el tejido asociativo de las cofradías y la vecina comunidad de San Cosme y San Damián. No obstante, las mayores bendiciones recayeron sobre los brazos que ejecutaron la monumental obra arquitectónica: los proyectistas Juan de Dios y Luis —reconocidos por su labor en el frontispicio de la catedral murciana— junto a los operarios de la firma Azuche. «Gracias a todos los que habéis colaborado en esta bendita obra, a los que lo habéis hecho de una manera eficaz y que estáis en la sombra», manifestó con unción el mitrado, sentenciando que «el Señor sabe realmente pagar todo aquello que se hace por él y por los hermanos».

Unción, reliquias y el despertar de la Luz Divina

Durante la homilía, el pastor diocesano entrelazó el rejuvenecimiento arquitectónico de los muros con el magisterio pontificio de León XIV, evocando la gesta veterotestamentaria de Nehemías en la reconstrucción de las murallas santas. «Hemos descubierto la belleza de un templo que vuelve a reuniros, vuelve a traer todo lo que han significado las tradiciones, ilusiones y esperanzas de un pueblo», aseveró con vibrante emoción.

El misticismo alcanzó su cénit con los ritos propios de la dedicación. Los muros y la mesa del altar recibieron el Santo Crisma de manos del obispo, sellando el espacio de forma perpetua para los misterios divinos. Bajo la piedra del altar, en un cofre destinado a la veneración perpetua, se depositaron las sagradas reliquias de testigos de la fe, incluyendo los restos del beato diocesano Juan José Martínez, junto a los de San Rafael Arnáiz y los mártires jiennenses. Tras el rito del incienso, que elevó las oraciones de la asamblea hacia el cielo, el presbiterio fue vestido con las vestiduras sagradas para dar inicio al banquete eucarístico.

El instante cumbre, que desató lágrimas de gozo mariano y una ovación unánime de los devotos, aconteció al brotar la llama sagrada sobre el altar coincidiendo con el jubiloso clamor de los bronces de la torre. El tañido de las campanas anunció que el Redentor resucitado volvía a cobijar a San Pablo bajo su claridad infinita.

Al concluir el Santo Sacrificio, Monseñor Lorca Planes selló el acontecimiento con palabras que resonarán por generaciones en el corazón del municipio: «Enhorabuena, Don Miguel Ángel, a toda la comunidad parroquial y a toda Abarán. Gracias a los bienhechores, a los mecenas que han ayudado tanto en esto y a todos y cada uno de vosotros que con vuestra oración, vuestro servicio, vuestra atención, cuidado y ayudas también, sin duda ninguna, habéis hecho posible este milagro, un milagro de ver restaurada una iglesia de tantos años, con tanta historia y con un pueblo santo detrás».

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