Hay días en los que el aire de la Vega Alta no solo huele al frescor del Segura y al azahar tardío de los huertos; hay días en los que el aire se llena de una emoción antigua y palpitante que solo sabe reconocer quien lleva Abarán tatuado en la piel. El fin de semana del 18 al 20 de septiembre de 2026 no ha sido un fin de semana cualquiera. Ha sido el abrazo esperado, el estallido de color y la reafirmación de todo aquello que conforma la esencia del ser abaranero.
La elegancia de una noche de luz y devoción compartida
El pórtico festivo comenzó a dibujarse entre el recogimiento y la brillantez. Mientras el rumor sagrado de la Novena en honor a nuestros patronos, los Santos Médicos San Cosme y San Damián, impregnaba La Ermita con el murmullo de miles de oraciones secretas, el Parque Municipal se vestía de gala para recibir la luz de nuestras Reinas.
En una velada impregnada de aplausos y emoción a flor de piel, la coronación de Elena Soriano Marín como Reina Juvenil 2026, junto a las cortes infantil y de oro, simbolizó ese relevo generacional que mantiene intacta nuestra identidad. Fue una noche donde los vítores se entremezclaron con las primeras estrofas del solemne novenario, recordando que la fiesta en Abarán nace siempre del respeto a nuestras raíces y de la fe en nuestros patronos.
El sábado amaneció con el pulso acelerado. En el Salón de Plenos del Ayuntamiento, el tiempo pareció detenerse a las doce del mediodía. Sesenta abaraneros ausentes —sesenta almas que por gajes de la vida tuvieron que desplegar las alas lejos del pueblo— regresaron al regazo de su patria chica. Hubo miradas que lo dijeron todo, abrazos apretados donde sobraban las palabras y lágrimas francas al sentir de nuevo la calidez del hogar. Verlos recorrer más tarde el camino hacia San Pablo fue recordar que un abaranero nunca se marcha del todo; solo se ausenta físicamente mientras su corazón se queda velando al pie de La Ermita.
Apenas unas horas después, la calle se convirtió en un tapiz viviente. El Desfile y Día de las Carrozas Huertanas inundó el recorrido habitual de zaragüelles, refajos bordados, crujir de cañizos y aroma a tradición. Las peñas abaraneras volcaron su arte en cada detalle, demostrando que nuestro orgullo agrícola y el amor a esta tierra del Segura siguen más vivos que nunca.
El domingo trajo consigo el encanto inconfundible de nuestra infancia. La Plaza Vieja se convirtió en el epicentro de la alegría compartida con la celebración del XXV Encuentro Nacional de Gigantes y Cabezudos. Bajo la atenta mirada del «Tío Pajero», las imponentes figuras danzaron al son de la dulzaina y el tambor, sacando sonrisas a pequeños y abuelos que veían retratada en esos bailes la memoria viva de tantas ferias pasadas.
El broche de oro a tres días para el recuerdo se colocó sobre las tablas centenarias del Teatro Cervantes. Las notas de la zarzuela La Corte del Faraón resonaron con la maestría lírica que este pueblo siempre ha sabido degustar y aplaudir con oído fino. Entre coplas, humor y la elegancia del género chico, los abaraneros despidieron un fin de semana que no solo llena la agenda de un periódico o un portal web, sino que se queda grabado a fuego en la memoria sentimental de la villa.
Abarán ha vuelto a demostrar que no hay lejanía capaz de apagar su sentimiento ni fiesta más grande que la que se vive con el corazón en la mano


