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Birlocha Festera. Artículo de Pedro Morente Sánchez

En el lenguaje tradicional de Murcia ‒el panocho o habla de la huerta‒, una birlocha es una cometa de papel (IA). En el lenguaje popular “abaranero mercantil” se identifica con la letra de cambio, por aquello de que, en no pocas ocasiones, volaba durante unos meses, renovándose en el tiempo con pequeñas quitas en su importe, hasta que finalmente se pagaba.

Anoche leí en el medio colega Abarán Día a Día, con la atención que siempre presto a cuanto escribe Pepe Jarras, amigo y cronista oficial de la Villa ‒por ese orden‒, su artículo: Septiembre, el mejor antidepresivo para Abarán, que va más allá de una opinión personal contrastada, de su visión del momento que atravesamos y de lo que significa aquí el mes que acaba de empezar.

No sé por qué, vino en ese momento a mi memoria una de las muchas anécdotas vividas desde que pisé Abarán por primera vez, en mayo de 1.973. La voy a narrar como la recuerdo, y le pongo nombre: BIRLOCHA FESTERA. Lo hago con la intención de hurgar en un pasado del que guardo impagables recuerdos, vivido en mi juventud y recordado desde mi reciente ingreso en el club de los octogenarios.

Desde mi puesto de trabajo, en la entidad financiera a la que dediqué toda mi vida laboral, atendí peticiones de financiación de personas no dedicadas especialmente a la actividad mercantil, pero sí con buenos contactos en empresas y comercios, a los que recurrían para poder “completar” un documento mercantil conocido como letra de cambio, concretamente el que figura en la imagen de cabecera, que necesitaba, al menos, dos firmas: librador y librado; teóricamente acreedor y deudor.

Fue entonces cuando descubrí lo que más tarde bauticé con el nombre de birlocha festera. Septiembre era un mes en el que muchas familias necesitaban una inyección de tesorería, para disfrutar unas buenas Fiestas Patronales. Dinero fresco para gastar, después de un verano en el que, quienes podían permitírselo, pasaban unos días en la playa. Una letra a tres meses, para pagarla al finalizar la campaña de la uva, era un medio ideal para obtener dinero por adelantado.

La birlocha festera era el soporte habitual para generar ese dinero. Pedir un favor a un amigo con línea de descuento en el Banco, entregarle una letra aceptada y que él, como librador, la negociase. Tomarle el dinero y pagar la letra al vencimiento. Así de sencillo. Los importes solían oscilar entre las veinticinco y cincuenta mil pesetas. Rara vez más. Todo dependía del número de miembros de la familia. Aquellas letras se pagaban siempre, a primera presentación o renovándolas, pero siempre.

El producto de aquellas birlochas festeras se destinaba a comprar abonos para las verbenas, entradas de toros, zarzuela, teatro, alguna que otra prenda de vestir y, que nunca faltase, tomar cañas y buenas tapas durante una semana. Por cierto, habiendo llegado aquí después de siete años en Almería, me sorprendió comprobar que, para disfrutar de marisco bueno y fresco, no había que salir del pueblo. Verdaderos especialistas en ofrecerlos en los bares ‒magistralmente pasados por la plancha‒, y auténticos expertos en degustación. Fiestas, cerveza y marisco, caminaban de la mano.

Septiembre en mi recuerdo.

Pedro Morente Sánchez

Antequerano-abaranero

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