El blanco de la pureza y el dorado de la majestad divina vistieron de gala el alma de Abarán este domingo, 7 de junio. La Villa, cuna de tradiciones que huelen a huerta y a fe inquebrantable, volvió a postrarse de hinojos ante el misterio más grande de nuestra Iglesia: la presencia real, viva y latente de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. No era una tarde cualquiera; era la tarde en que el mismísimo Dios hecho Pan decidió, una vez más, caminar por las calles de su pueblo.
El Misterio se hace Camino
El eco sagrado de la liturgia comenzó a resonar en el corazón de la Parroquia de San Juan Bautista. Tras la solemne Eucaristía de las siete de la tarde, oficiada por las manos entregadas de D. Felipe Tomás y D. Miguel Ángel Saorín, las puertas del templo se abrieron de par en par. De su interior brotó la luz que habría de guiar al pueblo.
Abriendo el cortejo, los estandartes de las distintas Hermandades de nuestra Semana Santa flotaban en el aire como banderas de devoción, recordando que la Pasión y la Resurrección convergen siempre en el Altar. Tras ellos, con la inocencia reflejada en sus rostros, los niños y niñas que este año han recibido por vez primera el Manjar Celestial precedían el paso de la Custodia. Sus risas contenidas y sus trajes blancos eran el más tierno tapiz para el Rey de Reyes.
Abarán se convirtió en un templo sin techo. Las calles del casco urbano, engalanadas con primor por los vecinos, lucían colgaduras y alfombras de pétalos que exhalaban un aroma a primavera mística. Los fieles, congregados a lo largo del trayecto, contenían el aliento al paso de la mística comitiva, convirtiendo el asfalto en unánime oración litúrgica.
Altares de Devoción y un Memorial de Rosas Blancas
A lo largo del sagrado itinerario, la procesión se detuvo en los tradicionales altares que la piedad popular erigió con esmero. Verdaderos oasis de recogimiento donde el pan consagrado parecía detener el tiempo para bendecir los hogares abaraneros.
Pero el pulso del pueblo se encogió, haciéndose nudo en la garganta y oración en el cielo, al llegar a la avenida de Cieza. Frente a la vivienda de los padres de Luisa María Fernández —alma llamada demasiado pronto a la presencia del Padre y eterna trabajadora de esta festividad—, el silencio se hizo carne. La comitiva detuvo su andar ante el altar que la familia había alzado en su memoria. En un gesto de profunda caridad cristiana y consuelo, se hizo entrega a su madre de un centro de rosas blancas. Aquellas flores, limpias y fragantes, eran el reflejo de la vida de Luisa María: una ofrenda de fe y participación activa que ya florece en los atrios celestiales.
Un Broche de Oro en la Ermita de los Patronos
Acompañando el misterio, la Corporación Municipal, con el alcalde a la cabeza, rindió honores institucionales al Rey de Reyes, mientras los sones de la Agrupación Musical Santa Cecilia envolvían el ambiente en un manto de marchas procesionales que invitaban al recogimiento y elevaban las almas hacia lo alto.
Este año, la providencia deparaba un hito histórico que quedará grabado en los anales de la devoción local. La Custodia, en un abrazo perfecto de nuestras tradiciones más sagradas, finalizó su bendito recorrido en la Iglesia de la Ermita. Para esta ocasión tan señalada, Jesús Sacramentado fue portado con suprema elegancia en el trono de nuestros amados patronos, los Santos Médicos, San Cosme y San Damián.
Bajo la mirada de ellos y al amparo de la Ermita, el Corpus Christi de Abarán cerró sus puertas tras una jornada multitudinaria donde la fe no fue solo una palabra, sino un río de luz, emoción y eternidad que inundó cada rincón de nuestro pueblo.


