En 1980, el local que ocupaba el Banco Exterior de España —actual BBVA— resultaba insuficiente para una plantilla que duplicaba en número a la que había cuando se inauguró la oficina, catorce años antes. El equipamiento también requería más espacio.
El dilema no era fácil de resolver. No había ningún local céntrico tan adecuado como el que ocupábamos, ni existía la posibilidad de ampliarlo. La solución llegó cuando los propietarios del inmueble, que tenían alquilado el local al banco, ofrecieron un espacio interior cuya existencia desconocíamos, pues había permanecido oculto desde que se inauguró.
El nuevo espacio que «apareció» no tenía mucha superficie, pero, al estar situado en el centro de la oficina, justo debajo del patio interior del edificio, hizo que el arquitecto diese su visto bueno. Se modificó el contrato y se proyectó una nueva oficina que, una vez construida, resultó mucho más funcional, cómoda y atractiva que la anterior y, en mi opinión, también que la actual.
En noviembre de 1980, después de meses «mareando la perdiz», comenzaron las obras. Por entonces, a mi amigo y compañero don Joaquín Máximo Orozco lo habían destinado como director a Albacete, y yo acababa de sucederle en el cargo. Lo realmente difícil fue encontrar un local donde instalar provisionalmente nuestra oficina durante los aproximadamente tres meses que se habían previsto para las obras. La solución la aportó don Jesús Joaquín Tornero Molina, exportador de frutas, cuyo antiguo almacén, situado enfrente del banco, se encontraba en desuso.
El proyecto de la nueva oficina se encargó al prestigioso arquitecto cartagenero don José Dodero Urrea, que trabajaba habitualmente para el banco y cuyas obras habían recibido numerosos galardones. Una mañana visitó la oficina acompañado de un técnico. Tomaron numerosas medidas y fotografías. Poco después, el proyecto y la memoria estaban terminados; solo faltaba designar al constructor que se encargaría de ejecutarlo.
Precisamente cuando se estaban valorando posibles constructores, apareció en escena don Jesús Vargas Gómez, «Feligrés». Sin haber visto siquiera el proyecto, me dijo:
«Don Pedro, esta obra la tengo que hacer yo, aunque pierda dinero».
Llamé a don José Dodero, hablamos del asunto, la Dirección Regional del banco dio su conformidad y finalmente se le adjudicó la obra.
Pero, antes de comenzar la reforma, hubo que acondicionar el almacén al que nos trasladaríamos temporalmente. Era necesario habilitar un salón para el patio de operaciones, un despacho para la dirección, espacio para el archivo, una habitación para la caja fuerte y unos aseos. No hubo mayores problemas, pues el local era muy amplio.
En menos de tres semanas se levantaron tabiques, se instalaron varias puertas, se colocó suelo de sintasol, se construyeron nuevos aseos, se pintó el local y se realizaron diversas
modificaciones en la instalación eléctrica. Finalmente, trasladamos allí todo el «contenido» de la oficina que iba a ser demolida y reconstruida.
La oficina provisional, debido a que tenía la altura propia de un almacén, presentaba un problema de climatización. El invierno estaba a las puertas, pero lo resolvimos sobre la marcha instalando varias estufas eléctricas Jata. Problemas de potencia eléctrica no había en aquel local. Las suministró Electrodomésticos Montiel.
Por fin, casi a finales de noviembre, comenzaron las obras: derribo, retirada de escombros y acondicionamiento del local, que quedó completamente diáfano y listo para ejecutar el nuevo proyecto.
Por cierto, cuando se retiró el falso techo —de escayola, madera y cristal—, cayeron ratones a manta, muchos de ellos disecados. Se electrocutaban al roer los cables eléctricos, lo que explicaba que la alarma de seguridad saltase con relativa frecuencia, por lo general fuera del horario de oficina.
Todo un reto constructivo, resuelto gracias a la pericia de un arquitecto de aquel nivel, fue el refuerzo del forjado en la zona donde se instalaría la nueva caja fuerte, mucho más grande y pesada que la anterior. Para ello, se reforzó el suelo con un entramado de vigas de acero alojadas en el interior de las bovedillas, a las que previamente se les había retirado la parte superior. Las dudas de «Feligrés» cuando el arquitecto le explicó el procedimiento quedaron despejadas al comprobar el resultado: un suelo cuya resistencia se había duplicado, sin que se elevase ni un milímetro respecto al pavimento del resto de la oficina.
Enero de 1981 fue un mes de frío y nieve, con una nevada de categoría. En la oficina provisional sobrellevamos aquel invierno de maravilla, después de una nueva compra de estufas eléctricas. Los clientes que nos visitaban agradecían encontrar un ambiente tan agradable.
Las obras de la nueva oficina, con un arquitecto tan meticuloso y «Feligrés» recibiendo instrucciones continuamente, no avanzaban al ritmo que los empleados del banco habíamos previsto. Cada día estábamos más impacientes por regresar a «nuestra casa». Solo la instalación de los elementos de carpintería llevó más de un mes.
El mostrador en forma de L, de diseño muy original y totalmente de madera, fue una auténtica cruz para «Feligrés». Al arquitecto no le convenció el color del barniz: lo quería un poco más claro. Así que hubo que lijarlo entero para volver a barnizarlo.
Las rejas exteriores de acero inoxidable, tanto las de la entrada como las del gran ventanal de la calle Doctor Molina, formadas por cuadros sin soldaduras, fueron el remate perfecto para una nueva oficina que, como ya he dicho, me gustaba más que la actual.
Tanto el mostrador como las rejas exteriores aparecieron publicados en revistas especializadas, y el arquitecto, don José Dodero Urrea, recibió varios galardones por aquellos trabajos. Vaya usted a saber cuál fue el paradero de ambos elementos cuando la oficina se remodeló para adaptarla a su configuración actual. Cuestión de imagen corporativa y de los nuevos tiempos de la banca.
Acabo con una anécdota relacionada con aquella oficina, hoy desaparecida, cuya construcción seguí día a día.
Después de una reforma posterior, que la dejó tal y como está ahora, don Pedro García Carrillo me comentó en una ocasión:
«Si alguna vez le dicen que voy poco por el banco, es porque quitaron el sofá que usted puso cuando fue director».
Y tenía toda la razón. El mobiliario elegido por don José Dodero incluía un sofá de piel verde, de tres plazas, muy cómodo para los clientes que esperaban ser atendidos.
A finales de abril de 1981, después de Semana Santa, estrenamos la nueva oficina, justo a tiempo para atender a nuestros clientes cuando estaba a punto de comenzar la campaña de exportación de fruta de verano.
Así lo recuerdo y así lo he contado.
Pedro Morente Sánchez
Antequerano-abaranero


