
Cuando el calendario nos sitúa en el umbral de la Pasión, Abarán se despierta con un aroma distinto: una mezcla de incienso joven, primavera y la frescura del olivo recién cortado. El Domingo de Ramos no es solo una fecha; es el reencuentro de un pueblo con su fe, donde la alegría se hace palma y la devoción se hace camino.
El Corazón en San Juan Bautista
Todo comienza en el entorno sagrado de la Iglesia de San Juan Bautista. Allí, bajo la atenta mirada de la historia, la comunidad se congrega para la ceremonia de la luz y la esperanza. Con Don Felipe siempre presente en el magisterio de la fe abaranera, se procede al rito ancestral de bendecir las palmas y ramas de olivo. Es un bosque de manos alzadas que busca la protección del Altísimo, un gesto que une generaciones bajo un mismo cielo.
La Burrica: Humildad por la Balconada de la Garita
El silencio se rompe con el inicio de la Procesión de la Burrica. Jesús entra en Jerusalén, pero hoy esa Jerusalén es el corazón del Valle del Ricote. La imagen avanza con la sencillez del Rey que no busca tronos de oro, sino el calor de su gente.
Al compás de este paso, el aire se llena de la majestuosidad de la Banda de La Verónica. Sus notas no solo marcan el ritmo del andar, sino que elevan la oración del pueblo hacia lo más alto, convirtiendo el desfile en un himno vivo. Los niños, con sus palmas blancas, son los heraldos de una semana que transforma a Abarán en un escenario de fe inquebrantable.
“Abarán se hace palma al paso del Señor, y en cada rama de olivo va una plegaria que florece en la mañana del Domingo de Ramos.”

