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El alma de un pueblo en el centenario de su templo: Crónica de una noche de Pasión en el Cervantes

Abarán, Lunes Santo de 2026. Hay silencios que dicen más que mil palabras, y el que envolvió anoche al Teatro Cervantes fue uno de ellos. No era un silencio vacío, sino una atmósfera densa, cargada de una devoción que parecía flotar entre las butacas. En el año de su centenario (1926-2026), el histórico teatro abaranero no solo acogió una representación; se convirtió en el epicentro de un sentimiento colectivo que trasciende el tiempo: el Auto del Prendimiento y la Bocina.

El grito que rasga la historia

La noche comenzó con un escalofrío. El sonido ancestral de la Bocina precedió a la figura del centurión Longinos, encarnado por un imponente Pascual Ortega. Su grito de «¡Muerte al Nazareno!» no fue solo una línea de guion; fue el disparo de salida para una catarsis emocional. Bajo la dirección magistral de Elsa María Gómez, el texto de D. José Gil García volvió a vibrar, recordándonos que esta obra es el cordón umbilical que une a los abaraneros con sus antepasados.

«No era solo teatro; era memoria viva. En cada pausa, en cada verso, flotaba el recuerdo de los que ya no están, convirtiendo la función en un altar de gratitud a las generaciones pasadas del Prendimiento.»

Un elenco entre la gloria y la renovación

Sobre las tablas, la Pasión cobró un realismo sobrecogedor gracias a un reparto que equilibró la veteranía con la savia nueva:

  • La Entrega: Francisco Javier Puche volvió a cargar con la responsabilidad de ser el rostro de Jesús, logrando una conexión espiritual que D. Miguel Ángel Saorín, párroco de San Pablo, subrayó en una intervención que recordó el verdadero sentido de la fe en este acto. La contundencia y autoridad de Carlos Justo Gómez (Caifás) mantuvo la tensión escénica. Mención aparte merece el Sanedrín, que estuvo impecable.
  • El Contraste: La dualidad entre la traición de José Antonio Ros (Judas) y la contundencia de Ricardo Carrillo como el demonio, mantuvo al público en una tensión constante.
  • Nuevas Luces: Destacó el brillo de las nuevas incorporaciones, con Pablo D. Cutillas (San Pedro) y Hugo García (San Juan) liderando un grupo de apóstoles que demostró que el relevo generacional está asegurado.

La solvencia de Guillermo Guillén (Pilatos), la sensibilidad de María Molina (Prócula), terminaron de tejer un tapiz interpretativo impecable, donde incluso el papel de Barrabás (Miguel Gómez) y la dulzura del Ángel (Elena Carrizo) dejaron una impronta imborrable.

La magia detrás del telón

El éxito de esta edición especial no fue fruto del azar. La precisión técnica fue el andamiaje invisible que sostuvo la emoción:

  1. Atmósfera: Pepe Cano diseñó una iluminación y sonido que envolvieron al espectador en un abrazo místico.
  2. Ritmo: La labor de los regidores David Sánchez, Jesús Gómez y de Alejandra Cobarro permitió que la obra fluyera como un río contenido de sentimientos.

Un aplauso que abraza un siglo

Al final, el silencio sepulcral que había reinado durante la función estalló. No fue una ovación protocolaria, sino un estruendo de agradecimiento. El público de Abarán, con el corazón encogido por la solemnidad del centenario, se puso en pie para fundirse con sus actores.

El Auto del Prendimiento y la Bocina de 2026 no fue solo un evento de la Semana Santa; fue la confirmación de que, mientras haya una voz que clame en el Cervantes y un pueblo que escuche con respeto, la tradición de Abarán seguirá siendo eterna. Una noche inolvidable donde la fe, el arte y la historia se dieron la mano para siempre.

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